Reivindicación del silencio

Sobre el liderazgo, la señal, el respeto, la escucha, el diálogo, la oficina, la meditación…

y todo eso que está pidiendo silencio.       

 

 

¿Cómo escribir sobre el silencio, en un mundo tan ruidoso?

Crearé un silencio deliberado a mi alrededor: ventana cerrada, música apagada, todas las sesiones cerradas, y haré pausas largas para beber del silencio. Y te sugiero que hagas lo mismo para la lectura. Así estaremos hablando de algo que podemos experimentar y no sólo de un concepto teórico.

El silencio es el espacio sobre el que se define una señal. Es el papel en blanco en el que se dibujan las ideas, el aire entre palabras que hace que éstas se puedan entender. Es también un lugar para la regeneración y la creatividad.

La función de liderazgo requiere momentos de silencio.

 

Ruido, señal y silencio

 

Hablamos mucho de ruido y señal. Pero, sin silencio, es difícil distinguirlos. Ruido y señal tienen la misma apariencia: son información. Solo después de procesarlos sabemos diferenciarlos: información inútil es ruido, información útil es señal. Si solo puedo distinguirlos después de procesarlos, ¿estoy condenado a escuchar el ruido?

Para romper ese círculo, a veces hay que empezar por silenciar el ruido para que, sobre ese silencio, se pueda reconocer la señal.

En la práctica: primero deja de intentar escucharlo todo, leerlo todo, estar en todos los eventos y reuniones por si acaso. Deja de saltar de una a otra fuente de información empujado por esa ansiedad que ahora se llama FOMO (fear of missing out). Arriésgate a perderte cosas. Date de baja de todas las newsletters que no lees, y de las que lees y no te aportan nada. Tal vez de ésta, no lo sé. Rechaza invitaciones a reuniones y eventos de networking que no encajan con tu objetivo. Cierra pestañas. Borra inmediatamente todos los correos electrónicos que has etiquetado con “por si acaso un día”.  Crea silencio en tu bandeja de entrada y en tu agenda.

Cuando calle el ruido, empieza a buscar señal. Preguntando a aquellos cuya opinión te importa, buscando lecturas deliberadas, seleccionando reuniones con valor. Verás qué poco te has perdido, y qué claro queda lo que has ganado.

 

El arte de guardar silencio

 

Cuántas cosas se dicen en las comunicaciones directivas y en las entrevistas uno-a-uno que deberían callarse. También en correos electrónicos o publicaciones en redes internas o externas. Cuántas palabras innecesarias que acaban creando confusión, injusticia o perjuicios a terceros…  Malentendidos, ofensas y secretos traicionados empiezan por una persona que no sabe callar. Alguien que usa la confidencia para crear complicidades innecesarias, para adornar su reputación o simplemente para llenar un silencio incómodo. Las palabras dichas pueden matizarse, negarse, disculparse… pero no pueden borrarse. A veces, la huella emocional que crean, tampoco.

Un líder sabe callar. Sabe decir “no lo sé”, o “lo sé pero ahora no puede revelarlo”… o no decir nada cuando eso es lo apropiado.

Hay un momento para callar y un momento para comunicar, y madurar implica aprender a diferenciarlos sin error.

 

Momentos de silencio en la conversación

 

Tanto si eres un directivo como un coach o un vendedor, ejerces tu influencia (tu liderazgo) a través de la conversación.

Esa conversación requiere silencios. Cuando la ansiedad, la inseguridad y la impaciencia creada por el entorno matan el silencio, se muere el impacto beneficioso de esa conversación. El liderazgo.

La primera regla es muy sencilla. Después de una pregunta, silencio.

Dice el vendedor: “¿Qué presupuesto tienes para este proyecto?”

Dice el coach: “¿A qué estás dispuesto a renunciar para cambiar esta situación?”

Dice el jefe: “¿Qué necesitas para completar ese proyecto a tiempo?”

Y, a continuación, se calla.

El tiempo que sigue le pertenece a la otra parte. Déjales pensar. No les ayudes. No les des alternativas, no te excuses por la pregunta, no dirijas su pensamiento. Esa ayuda se interpreta como prisa, sentirán que es más importante responder rápido que responder sinceramente, y el efecto de la pregunta se perderá. Deja pasar tiempo en silencio.

La segunda regla es igual de sencilla. Escucha en silencio.

Si no escuchas para rebatir ni para contestar ni para juzgar, si escuchas para entender, no hay actitud mejor que el silencio. Si hay curiosidad genuina, los gestos no verbales de escucha activa surgirán solos, y quien habla percibirá que está siendo escuchado.

El silencio de la escucha tiene que ser también mental. Haz callar a esa voz interna que se encarga de juzgar, de comentar, de comparar, y simplemente escucha.

Claro que no es fácil. Si lo fuera, la buena escucha no sería una habilidad tan apreciada.

 

Momentos de silencio en la reunión

 

En las reuniones se generan a menudo dinámicas de grupo que llevan a que solo hablan, y mucho, unos pocos, siempre los mismos. Cuanto más se repite una dinámica así, más se profundiza, como un surco en un terreno blando se va haciendo más profundo cada vez que cae nueva agua sobre él. Así son los hábitos. Una excelente forma de romper ese bloque y contar con la participación creativa de todos son los ejercicios en silencio.

En la práctica: cuando buscamos ideas para solucionar un problema o avanzar en una mejora, una buena forma de empezar es la tormenta de ideas silenciosa. Cada participante escribe una idea en un post it. Tantos postits como ideas. Se pegan en un tablero y después, solo después, se aclaran si es necesario, se desduplican, se agrupan si son equivalentes o similares, y se discuten.

La diferencia con una tormenta de ideas verbal es importante, ya que aquí se evita que cada idea que surge genere discusión y bloquee el avance.

Otra forma valiosa de utilizar el silencio en una reunión para crear foco compartido es comenzar con la lectura individual de los datos o propuesta a comentar, en lugar de con agotadoras exhibiciones de power point. Se dice que es la técnica que usa Jeff Bezos.

Y finalmente ,en reuniones con diversidad de culturas, estilos y personalidades, el líder tiene que saber crear silencios en los que todos puedan tomar la palabra. De lo contrario, siempre escuchará a los mismos, y se perderán las aportaciones de quienes no se sienten cómodos peleando por su turno a gritos -personas introvertidas, no nativas, recién llegadas…-.

— Silencio, por favor, que quiero escuchar a X

Funciona.

 

Momentos de silencio en el discurso

 

Cualquiera que haya hablado en público conoce la sensación de nerviosismo de los primeros minutos. Cuando falta entrenamiento, esa inseguridad nos suele empujar a hablar demasiado y demasiado deprisa. La mente, estresada, nos hace percibir una lentitud ilusoria.

El mejor consejo que me dieron cuando estaba aprendiendo fue aparentemente exagerado. Cuando creas que una pausa se ha alargado demasiado, alárgala tres segundos más.

Uno, dos, tres. En silencio.

Una vez más, silencio para que respiren los párrafos, las palabras tengan sentido y las ideas encuentren un espacio sobre el que depositarse.

 

Silencio y confianza

 

Llegados a este punto, y ya convencidos de que el silencio tiene valor para el trabajo, ¿por qué los directores de RR.HH. se empeñan en hacer a la gente trabajar en entornos ruidosos?

Uno de los grandes engaños del siglo es el “open space” en las oficinas.

Nos dicen que favorece la interacción y la creatividad grupal. Pero trabajar no es sólo compartir creatividad. Hay gente cuyo trabajo es conciliar facturas, escribir código, atender llamadas, diseñar puentes, escribir alegatos o corregir textos.

Hacer a todos compartir un espacio abierto que incluye hasta la máquina del café es condenarlos a una cantidad de ruido que hace imposible cualquier concentración y cualquier intento de creatividad individual. La gente demanda silencio.

El open space es una de las razones por las que todo el mundo prefiere trabajar desde su casa, a pesar de las evidentes dificultades que esto supone en algunos hogares. Y sospechamos que la única razón por la que la dirección sigue insistiendo en amontonar a la gente es para poder ver fácilmente quién está jugando al Candy Crush. Desconfianza.

Sí, tolerar el silencio requiere una gran dosis de confianza.

 

Tu propio silencio

 

Todos los silencios anteriores son necesarios para un funcionamiento razonable de la cooperación en el trabajo. Pero hay otro silencio, aún más poderoso, que te pertenece a ti, y que mereces experimentar. Uno con enorme potencial de regenerar y descansar tu mente.

Su forma más cristalina y eficaz es la meditación.

Sentados en silencio, espalda erguida y cómoda, llevamos toda nuestra atención a un foco mínimo y estable, y tratamos de mantenerla ahí deliberadamente, en silencio. No hay prisa, conviene concederse al menos 15 minutos. Nos distraemos muchas veces, y no importa: aprendemos a ser testigos de cada distracción desde un centro estable. Poco a poco el silencio que hay entre dos pensamientos se va expandiendo, la mente adopta una actitud meditativa, y descubrimos que hay silencio también dentro.

Ese silencio, visitado a diario, se va expandiendo para interconectar los momentos de silencio del día y crear un espacio diáfano sobre el que las ideas y las acciones se mueven con más sentido.

Las personas que no soportan sentarse inmóviles, pueden sustituirlo por un tiempo corriendo, nadando, haciendo un puzle o dando un paseo silencioso por el parque. Son aproximaciones a lo mismo. Pero solo si se practica con una atención al momento presente plena, deliberada y sin juzgar, en palabras de Jon Kabat-Kihn, que acuñó la palabra mindfulness para ese tipo de atención. El término tiene el mérito de haberle abierto un hueco a la atención deliberada en las agendas modernas. Se dice que “el mindfulness está muy de moda”. Yo me resisto a llamar moda a algo que se practicaba en la India védica, en la Grecia pitagórica y en las primeras ermitas cristianas.

Llámese como se llame, la práctica diaria del silencio atento tiene una gran capacidad para mejorar la vida, nos da calma y claridad, y es un derecho del que es una pena privarnos.

No se trata de “crear” silencio. El silencio ya está ahí, y para descubrirlo no es necesario hacer nada. Basta con callarse.

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